Danny Félix: El rostro del requinto

Cuando Danny Félix toca una guitarra, la adrenalina le sacude los nervios. Hay algo seductor en las cuerdas, un no sé qué, algo así como una atracción irresistible para sus dedos. No puede quedarse quieto. La inercia es tan fuerte como la pasión. La toma y la hace suya… la convierte en arte.

“Lo mío es hacer música”, dice sin disculparse. Sabe que lo lleva en la sangre. En su familia todos son artistas y ninguno canta mal las rancheras; él tampoco. Quizá por eso no le intimidan los escenarios; tampoco le quedan grandes.

Su debut musical fue en la sala de su casa y hubo aplausos…muchos; se han multiplicado con los años. “La primera canción que me aprendí se llamaba Un beso al viento, tenía como 10 y 11 años, y desde ahí no he parado de cantar”, expresa.

Danny nació en Phoenix, Arizona, pero su familia le inculcó el amor por sus raíces mexicanas. Originarios de Sinaloa, los Félix nunca quisieron olvidarse del bajo y la tambora, de los clásicos de banda o los corridos cada vez más alterados. El joven de 26 años creció entonces escuchando La Sonora Dinamita, Chalino Sánchez y a los Cuates de Sinaloa.

En su casa había acordes para todo: la gozadera y el desamor, la vida y la desgracia. Cada emoción tenía un tono, y cada recuerdo, un coro. Su casa era como el cancionero que se entonaba en la mayoría de los hogares hispanos de Estados Unidos. Y la música se convirtió en su vida.

Hubo días difíciles, de conflictos de identidad. A Danny, como a cualquier joven mexicoamericano, se le dividía el idioma y el corazón. Amaba en inglés y español. Sentía en spanglish. Se perdía, pero lo rescataba el requinto.

Su infancia estuvo marcada por los grandes exponentes de la música regional mexicana y el contraste de las modas norteamericanas.

“Rifaba mucho el rap y de hecho lo escuchaba mucho”, expresa.

Eminem era su cantante favorito. Lo inspiraba, lo retaba y se reflejaba. Era su manera de encajar en un mundo bilingüe y bicultural, pero aún con cadenas raciales que solo se burlan con el lenguaje universal de la música.

“Todos los morritos a mi edad, cuando yo tenía como 10 o 12 años, eran muy diferentes a los de ahora”, relata el cantautor. “Las nuevas generaciones ahora sí quieren tocar, agarrar una guitarra, cantar y escribir canciones… en aquel entonces yo lo sentía más como que no encajaba con los demás”.

Eso no lo detuvo. Danny pasó más de una década fogueándose en los escenarios locales con Los Llegadores, un grupo familiar que tocaba en las fiestas y centros nocturnos más populares de Phoenix. Después dio el salto a la composición. “Me critican” se consolidó en su primer éxito. La rola se hizo famosa en la voz del popular cantante Natanael Cano. De ahí, la suerte comenzó a sonreírle.

Fue su voz o sus requintos, quizá su pasión al tocar el bajo o el acordeón; tal vez fue la guitarra o sus ganas -quién sabe-, pero lo logró. Derribó los estereotipos y se atrevió a crear sonidos que pensaban y sentían como él, como millones de latinos que se burlan de las fronteras impuestas por la geografía o la cultura.

A Danny no le da miedo alternar y evolucionar, mezclar y crear… desentonar con lo clásico y desafinar con lo típico. Y el mundo de la música lo notó. Sus requintos tuvieron eco, uno tan fuerte que traspasó las barreras de los géneros.


Sus arreglos musicales no solo son parte de los éxitos de grupos regional mexicano; sus canciones ya han llegado con otros nombres a los Billboards.

“Me tocó producirle una canción a Bad Bunny, y acabo de hacer otra con Farruko y Arkangel”, comenta sobre sus recientes participaciones con los famosos reguetoneros.

El joven que se fogueó en ferias de pueblo y quinceañeras ya no solo piensa en corridos; perrea, canta, derrama miel y baila.

“Me gusta el reguetón, se me hacen muy divertido los beats, me gusta combinar géneros, me encanta lo urbano”, dice el músico.

Y no parará. Sabe lo que quiere y no es solo acompañar a otros a la fama. El arizonense quiere dejar huella propia. Con su trío Danny Félix y los de Finix ofrece una nueva alternativa musical en inglés y en español, algo pocas veces visto en su género.

Su proyecto está listo para la firma de una disquera. “Tengo unas propuestas, pero estamos viendo qué queremos y a dónde queremos llegar para tomar una decisión”, confiesa.

Mientras, sigue componiendo. Se inspira en el amor, en los recuerdos que duelen, en los retos de la vida, la cruda realidad y las eternas ganas de no dejar de volar. Le asusta estancarse, ser uno más del montón. Se cuestiona y luego encuentra todas sus respuestas en el mismo lugar: el requinto.

Quizá mañana sea otro, pero volverá, siempre volverá. En el requinto nace y muere, ahí sacia su sed de eternidad.

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